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Coy 318 – El dilema de la política económica

La política cambiaria está en el centro de muchos análisis desde que se acentuaron las devaluaciones en la mayoría de los países con los que Bolivia tiene intercambio comercial. Como efecto de esas devaluaciones, los exportadores bolivianos ven que sus productos se encarecen en el extranjero porque sus clientes deben destinar más moneda local para comprar la misma cantidad de artículos y, por lo tanto, prefieren buscar otros proveedores. Así, exportamos menos pero además se debilitan las empresas exportadoras porque tienen que pagar incrementos salariales y, eventualmente, un segundo aguinaldo. Por su parte, los pequeños agricultores y un sector de la industria nacional que produce para el mercado interno, enfrentan una competencia intensa porque las devaluaciones de nuestros socios comerciales hacen que los productos importados -sean de contrabando o no- resulten más baratos en Bolivia; la consecuencia: los consumidores nacionales optan por lo más barato, es decir, lo importado.

Si éste fuera el único y principal problema que enfrenta la economía de Bolivia desde que comenzaron a caer los precios de las materias primas, cabría considerar la idea de subir el tipo de cambio para corregir la situación descrita líneas arriba. Pero también sería pertinente preguntarse si no existen otros instrumentos de política económica que podrían proteger a los sectores afectados, sin tener que incurrir en el costo de abandonar la política de tipo de cambio fijo adoptada desde octubre de 2011, y, de esa manera, abordar el análisis de si en realidad el problema no es más bien ésta política la que ha disminuido la competitividad de nuestra economía, y la que ha dejado a las autoridades económicas sin poder hacer uso de este instrumento para enfrentar choques externos como el que le toca soportar a nuestra economía en la actualidad.

El tipo de cambio real (una medida que, entre otras cosas, nos ayuda a comprender cuán competitiva es nuestra producción nacional), como lo calcula el Banco Central de Bolivia, ha sufrido una caída de más del 40 por ciento desde que se fijó el tipo de cambio como lo muestra el gráfico 1, mientras que una medición más completa, como la que publicó el Fondo Monetario Internacional en diciembre del año pasado, apunta a una sobrevaluación de nuestra moneda de aproximadamente el 25 por ciento hasta esa fecha.

Índice del tipo de cambio real y tipo de cambio nominal, 2006 - 2016

¿Devaluar o no devaluar?

La realidad de la economía nacional es mucho más compleja que el solo devenir de su comercio exterior, y el remedio de una devaluación podría resultar peor que la enfermedad. Devaluar (de a poco o de una sola vez) en circunstancias en que el tipo de cambio se ha constituido en la principal ancla de las expectativas y de la estabilidad de precios, daría fin con la base misma del “modelo boliviano” y probablemente no resolvería el problema de nuestros pocos exportadores ni el de la producción agroindustrial porque el efecto inmediato de una devaluación haría subir la inflación y, seguramente, haría subir los costos de producción porque vendría acompañada de reajustes de algunos precios controlados que hasta ahora se han mantenido con enorme esfuerzo fiscal y político, siendo los relacionados con el sector del transporte los más significativos.

Todo esto en un año en el que los trabajadores parecen haberse contentado con el reajuste salarial más bajo de todos los que hasta ahora ha concedido el gobierno. Y si además se dolarizara nuevamente la economía, las cosas podrían ponerse color hormiga para todos, pero como siempre en estos casos, con más intensidad para los más pobres y para las personas sujetas a un salario. Para evitar los efectos negativos de la devaluación habría que contraer por un tiempo la demanda agregada, algo incompatible con el objetivo gubernamental de mantener un buen ritmo de crecimiento en los próximos años.

Así las cosas, ¿debería dejarse de lado la cuestión del tipo de cambio? Desde un punto de vista estrictamente técnico la respuesta es un rotundo no. Desde la perspectiva de puro cálculo político, la respuesta podría ser afirmativa.

Preguntas incómodas

Bolivia enfrenta una situación hasta cierto punto inédita porque mantiene un saludable nivel de reservas internacionales con las que podrá solventar elevados gastos estatales, aunque estos no sean sostenibles más allá de lo que duren estas reservas. El ciclo de buenos precios de las materias primas ha concluido y las finanzas públicas están en déficit desde hace dos años porque el sector público fue el principal beneficiario de este ciclo.

Sin el impulso del gasto público no será posible sostener el crecimiento porque el sector privado tiende a encogerse, con excepción de aquellas empresas que hacen negocios con el Estado, aunque también éstas enfrentarán dificultades pues los gobiernos departamentales y municipales, cuyos principales ingresos provenían de la coparticipación tributaria no solamente experimentarán menores recursos por la menor renta de los hidrocarburos sino también por las menores recaudaciones de impuestos nacionales, que en lo que va del año, por primera vez en mucho tiempo, han experimentado una disminución. Entre tanto, el mayor gasto doméstico hará crecer las importaciones, y las reservas internacionales continuarán a la baja como ha sido el caso en los meses recientes (ver gráfico 2).

Reservas internacionales netas del Banco Central, 2006 - 2016

El Estado necesita, ahora más que nunca, del concurso privado para apuntalar el crecimiento, pero ¿es posible esperar una respuesta de este sector sin que cambien las reglas de juego a las que se encuentra sometido? Si el “modelo boliviano” descansa en el tipo de cambio fijo, ¿qué medidas son las imprescindibles para que finalmente aumente la productividad de toda la economía y para lograr una verdadera competitividad que no necesite de menores salarios reales, que es la consecuencia de toda devaluación? ¿Subsidiar el crédito fijando tasas de interés por debajo de su valor de mercado ¿puede compensar la pérdida de competitividad de la producción nacional? ¿Se debe forzar al sistema financiero a que aumente su cartera de préstamos cuando el riesgo del crédito es ahora más alto porque la economía ha sufrido una caída de su ingreso permanente como efecto de la caída de los precios de las materias primas? ¿Puede el mercado interno seguir siendo el motor de la economía cuando lo que ha sucedido después del choque externo es una caída del ingreso nacional que llevará a una caída de la demanda agregada y tomará mucho tiempo en recuperarse? ¿Puede la economía asignar eficientemente sus recursos si las tasas de interés reales son negativas?

Y si las tasas de interés reales se mantienen negativas por un tiempo largo, ¿cuál es el futuro que le espera al sistema de pensiones y a las rentas de los futuros jubilados? Finalmente, ¿es razonable que el Estado consuma las reservas internacionales de toda la economía, y endeude a todo el país para acometer inversiones intensivas en capital y de rentabilidad desconocida?

Propuesta

Vistas así las cosas, los problemas de la economía boliviana son mucho más profundos de lo que podría desprenderse de tan solo medir los efectos de la actual política cambiaria. Si este fuera el diagnóstico correcto (salvo que se demuestre que no hay ningún problema) habrá que encontrar una fórmula que conjugue coherentemente a todas las políticas públicas.

Por una ley de la economía (de las pocas que quedan en pie), la política de cambio fijo implica que el gobierno pierda control sobre la política monetaria no obstante la bolivianización. Esto hace descansar el centro de la política económica en la política fiscal. Pero el fisco tiene reducida su capacidad de acción porque ha perdido, por un buen tiempo, su principal fuente de ingresos genuinos. Urge entonces repensar la política económica para que se adecúe a las nuevas reglas de juego que le impone la economía mundial.

Bolivia cuenta con un importante colchón de reservas internacionales y éstas podrían servir para: i) soportar todos los cambios estructurales que necesita el país para seguir hacia adelante, o ii) financiar el crecimiento del gasto corriente y de capital del sector público para sostener el crecimiento de corto plazo. He ahí el dilema principal de la política económica.

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