
2 de diciembre de 2011 -
Fuente: Los Tiempos -
Por Winston Estremadoiro
Aclaro que no fue por hambre que soñé con la relación entre alimentación y desigualdad social, cuando bien podía haber entrado en los meandros del subconsciente con otras tristes relaciones. Algo tuvo que ver con que mi espíritu navideño –como llamo a una de mis hijas– apuntara a los primeros días de diciembre para armar los adornos que engalanan nuestra sala, al tiempo que la ciudad se atiborra de graduaciones, fiestas y compras, y sus calles se atestan de pedigüeños espectros indígenas.
Quizá la travesura onírica tuvo que ver con diagnósticos penosos. Uno de cada cuatro niños de Bolivia sufre de desnutrición crónica, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA).
Contrasten eso con que los púberes futbolistas de países vecinos son mucho más altos que los nacionales, lamento boliviano que deberíamos dejar a los Enanitos Verdes. La realidad es que los niños del campo “tienen casi el doble de probabilidades de tener talla baja que los urbanos”; los “de habla quechua en Bolivia y Perú son significativamente más vulnerables que los aymaras”.
Para rematar, la representante residente de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), señaló que “alrededor de 26 por ciento de la población boliviana padece de hambre o no puede satisfacer sus necesidades básicas de alimentación”. Son casi 2 millones de compatriotas. El Gobierno desmintió. A través del Viceministro de Desarrollo Rural y Agropecuario, achacó al modelo neoliberal que estuvo vigente desde 1985 al 2005 en el país. ¿No hubo hambre antes? Los bolivianos condenados de la tierra, como les decía Fanon, ¿comieron bien en la veintena de años de los militares? ¿No se pidió limosna alimentaria a los gringos en la llamada Revolución iniciada en 1952? ¿Es invención neoliberal que al soldadito del Chaco le apodaran “repete”, porque quería repetir su magra ración de “rancho”?
Algo también debe haber tenido una seguidilla casi jocosa, si no tuviera que ver con asuntos tan serios, cual revólver calibre 38 apuntando al pecho, cosa que hoy preocupa a muchos por la inseguridad ciudadana. Hablo de los resúmenes sobre la situación del país y los desmentidos del Gobierno. Ahí está uno de la Fundación Milenio. En octubre informó que a pesar de que la economía creció, el país sigue con 90 por ciento de pobres, y continúa con 32 por ciento indigentes. Y eso que Bolivia ‘disfruta’ de “un período de bonanza y buenos precios a nivel del mercado internacional”. El Gobierno desmintió otra vez.
Una impresión diferente daba el demonizado Fondo Monetario Internacional (FMI), que reportó que antes de 2007, “el 37 por ciento de la población en Bolivia vivía con menos de un dólar por día y ese indicador bajó en 2009 a 26 por ciento”. Algo se había avanzado: 1.100.000 bolivianos abandonaron la línea de extrema pobreza –indigentes muertos de hambre que pululaban las calles pidiendo limosna–, ingresando a la categoría de pobreza a secas, pobretones cuyos hijos engrosarán filas esperando juguetes en las repartijas de fin de año.
Cuatro meses más tarde, en noviembre, marcó distancia con el diablo neoliberal FMI. Anunciando 3 mil millones de dólares de inversión para el 2012 —mil millones menos que los que el Vice pregonara para el año 2010— el Ministro de Economía destacó las discrepancias del Gobierno de Evo Morales con la política fondomonetarista de pisar el freno en los gastos porque se vienen tiempos duros en la región.
La danza de millones para invertir proviene, ¡jajajá!, de “hacerle pagar a quien tiene que pagar sus impuestos”, según el dignatario. Y yo que ignoraba que los cocaleros pagaban impuestos, aparte de invadir reservas naturales; que los matuteros de las republiquetas altiplánicas del contrabando contribuyen al erario nacional, aparte de asesinar agentes de control aduanero; que los nuevos pichicateros pagan diezmos al Estado, aparte de botar residuos de coca ordeñada de droga en acequias, quebradas y lagunas.
Corcoveo matrero fue la reacción a los datos de que parte del dispendio gubernamental ocurrió en $287 millones de dólares gastados en crear 14 fábricas, sin previo estudio de mercado, creando unos míseros 251 empleos. Imagínense, más de un millón de dólares por la pega de unos cuantos militantes del MAS, quizá.
Nada menos que el Vicepresidente saltó al ruedo. Metió el estoque a la arremetida del estudio de Iván Arias para la Fundación Milenio, de que de las 14 “solo operan una planta de lácteos, otra fábrica de cartones y una comercializadora de almendras”: ¿darán plata? Aseguró que las empresas del Estado son rentables y son el pilar de la economía del Estado Plurinacional, “desvirtuando la maliciosa campaña de renegados opositores neoliberales reaccionarios y una corriente trotskista”. Faltaron los marcianos. Más sensato fue Evo Morales demandando manejo eficiente de las empresas públicas: “si fracasamos…los neoliberales justificarán la privatización”.
El quid es que el régimen se revuelca en la relación entre el “yo no fui” de sus metidas de pata y el desmentido de los pantallazos que expertos y organismos emiten sobre la realidad nacional. Tapan el sol con un dedo, pasado ya uno de los cuatro lustros –20 años– del pronóstico vicepresidencial de que estaríamos al nivel de Suiza con este Gobierno. Definitivamente, diciembre solo da para creer en Papá Noel.
El autor es antropólogo
www.winstonestremadoiro.com
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