
15 de septiembre de 2011 -
Fuente: Los Tiempos -
Algo está cambiando en la base que sostiene la fama de abundancia alimenticia que tiene nuestra región y bueno sería no desatender esos cambios
La elevación de Cochabamba al rango de “capital gastronómica de Bolivia” y “capital nacional del parapente” mediante sendas leyes aprobadas por unanimidad durante la 150 sesión ordinaria de la Cámara de Senadores de la Asamblea Legislativa Plurinacional en conmemoración al CCI aniversario de la gesta libertaria del 14 de septiembre de 1810, puede interpretarse como el más justo y cabal reconocimiento de lugar que actualmente ocupa nuestro departamento en el escenario económico, político y social de nuestro país.
En efecto, la cultura culinaria cochabambina y la cadena de actividades productivas y comerciales que giran a su alrededor siguen siendo, como en épocas remotas, cuando nuestro departamento se hizo merecedor del rótulo de “granero de Bolivia”, elementos sustanciales de la identidad regional. La buena y abundante comida ha dado justa fama a nuestra región y es bueno que así se lo haya reconocido con todas las formalidades del caso.
Algo ha cambiado, sin embargo, en la base sobre la que se sostiene esa imagen de abundancia alimenticia. Es que como lo confirman diversos estudios especializados en el análisis socioeconómico, Cochabamba está perdiendo paulatinamente su cualidad agropecuaria para dar lugar a otras actividades que, como la construcción, tienden a adquirir mayor importancia. Es decir, en nuestro departamento se cocina y se come tan bien como siempre, pero se produce cada vez menos alimentos.
Un estudio recientemente difundido por la Fundación Milenio, por ejemplo, señala que el sector agrícola en el departamento ha sufrido durante los últimos años grandes cambios y la mayoría negativos, lo que se refleja en que de ocupar un segundo lugar (14,7 por ciento del PIB cochabambino en 1990), ha pasado al cuarto (11 por ciento el 2010).
Tales retrocesos se deberían, entre otros factores, a que los cultivos de maíz, trigo, cebada, avena, lino, papa, hortalizas, oca, papalisa y frutas que, como muchos similares abundaban en los valles cochabambinos, han sido relegados por las ventajas que ofrecen a los agricultores otras actividades agrícolas entre las que se destaca la producción de coca, lo que se habría reflejado en masivas migraciones y abandono de tierras productivas.
Algo similar habría ocurrido con otros productos alimenticios, como la fruta del trópico de Cochabamba, y principalmente los destinados a la exportación, como el plátano, la piña o el palmito cuya producción, después de un periodo de expansión, se retrajo como consecuencia de la inestabilidad económica y política.
Como contrapartida se destaca el caso de la avicultura, cuyo crecimiento sostenido se ha plasmado en que la producción de pollos sea una de las actividades más importantes de la región. Pero esa es lamentablemente una excepción y no la regla, pues son muchos más los rubros en los que no se ha aprovechado eficientemente el enorme potencial agroindustrial de los valles cochabambinos.
Siendo esa la paradójica realidad, bueno sería que la efeméride cochabambina y la flamante condición de “capital gastronómica” que se le ha adjudicado a nuestra ciudad sirva para promover, además del regocijo colectivo, una mirada autocrítica sobre la manera como los cochabambinos estamos administrando la abundancia alimenticia que nos ha dado tanta fama.
Documentos relativos a la noticia:
Coloquio económico No.22 Seguridad alimentaria en Bolivia (893 kB)
Coy 114 - ¿Qué está pasando en la economía de Cochabamba? (123 kB)
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